jueves, 22 de junio de 2017

Una humanidad en peligro en “Dos años, ocho meses y veintiocho noches” de Salman Rushdie.

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Esta entrada fue escrita por un colaborador especial, a quien le agradezco mucho su buena disposición a aparecer en este blog y por compartir esta hermosa reseña de un fabuloso libro. Espero que la disfruten tanto como yo.

¡Muchas gracias @yonodejeanadie! Les invito a que lean sus divertidos posts sobre música, conciertos, libros, deportes, sueños y vivencias en su blog: yonodejeanadie.blogspot.com y a que le sigan en twitter.


Un mundo como el nuestro, tan alejado –por decisión propia– de los mundos fantásticos, parece haber olvidado que comparte tiempo y espacio con otros seres, seres que no vemos y que tienen una conexión mucho más profunda con la Tierra que ocupamos. En Dos años, ocho meses y veintiocho noches, Salman Rushdie, mediante una bella fábula que mezcla filósofos del pasado, el país de las hadas y la vida en el presente, orquesta una guerra entre ambos mundos para probar de qué son capaces sus personajes.

Todo empieza con Dunia, la reina de las hadas –así la define el autor, aunque no sea realmente un hada sino una genio–, que en el siglo XII cruza hasta el mundo de los mortales y, como buena yinnia, da rienda suelta a su divina sexualidad. Conoce a los filósofos rivales Al-Ghazali e Ibn Rushd –en occidente lo conocemos mejor como Averroes– que mantienen posturas opuestas: el primero aboga por la fe, el segundo por la razón. Este detalle puede parecer trivial, pero en el futuro será la excusa para el inicio de una guerra terrible. Dunia e Ibn Rushd se enamoran y con su amor originan la duniazada, su descendencia mitad yinn, mitad humana, que se caracteriza por carecer de lóbulos en las orejas y poseer poderes sobrenaturales que no conocerán por generaciones.

Ya en el presente, la “conciencia” de Al-Ghazali –no es realmente su fantasma–, ansiosa porque la fe triunfe ante la razón, desencadena el poder de los yinn oscuros para, según él, generar el miedo que obligue a la humanidad a refugiarse otra vez en los dioses. Así empieza la Era de la Extrañeza, con los descendientes de Dunia experimentando el surgir de los poderes que les ayudarán en la lucha contra los yinn cuando el planeta se vea sometido y progresivamente arrasado por las fuerzas del mal.

La presencia de Dunia en la narración es la de la Madre. Por amor se entrega a la guerra que enfrenta a su mundo con el nuestro, y es ese amor el que le lleva a hacer grandes sacrificios si quiere salvar a su descendencia –y a toda la humanidad– de la catástrofe. Utiliza sus poderes como reina de las hadas para localizar a miembros de la duniazada y los va guiando hacia lo que podría entenderse como la luz del entendimiento. Aunque el objetivo inmediato sea acabar con los yinn oscuros y terminar la guerra, lo que consigue al final es que los mortales empiecen una nueva era en la que acepten que no son los únicos que pueblan ni la Tierra ni el universo, y que se puede vivir en paz con el planeta y todos los seres alrededor.

Con una bella prosa que humaniza a estos seres divinos y enaltece las cualidades de los humanos, Rushdie deja en el aire la pregunta final: ¿necesitamos de un cataclismo de la magnitud de esa guerra para reaccionar y aceptar que no somos los reyes del mundo sino los responsables de mantener la armonía entre los reinos que nos rodean? Nunca es tarde para reaccionar y empezar a amar a toda la creación.

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